viernes, 28 de octubre de 2011

La Santa Compaña 
Estrechamente relacionada con las leyendas, supersticiones y creencias sobre difuntos y entierros, y por tanto también con la festividad de los días 1 y 2 de noviembre, Todos los Santos y Fieles Difuntos,  existe una misteriosa leyenda, es propia de la zona Norte de España; en concreto, de las regiones de Asturias y Cantabria y, sobre todo, de Galicia. Los húmedos, poblados y brumosos bosques del norte de España son ricos en supersticiones y creencias que tienen a los muertos como protagonistas, pero la más famosa, sin duda, citada en numerosos ensayos, libros y películas (recordemos, por ejemplo, “El bosque animado”), es la que vamos a tratar aquí: la leyenda de la Santa Compaña.
La Santa Compaña, según la leyenda y también según las creencias, profundamente enraizadas en la cultura popular, de las gentes que habitan en esos lugares, es una procesión de almas en pena que sale de noche por los campos y bosques. Esta procesión está formada por dos hileras de entre ocho y doce figuras fantasmagóricas, todas ellas vestidas de blanco, vistiendo sábanas o túnicas, con la cabeza cubierta con capuchones y con aspecto cadavérico. Las almas en pena llevan cirios encendidos, tocan campanillas y van deambulando en silencio por las solitarias ‘corredoiras’ (caminos o senderos del bosque, en gallego). No siempre, pero sí en muchas ocasiones, en el centro del cortejo se observa que las figuras fantasmales portan un ataúd, por lo que la procesión es, en realidad, un entierro.
Pero esa procesión de almas tiene una característica singular, que la distingue de cualquier otra que se le pudiera parecer. Nos referimos a que los difuntos que integran la Santa Compaña precisan de un ser vivo que les sirva de guía. Es una persona viva, un humano mortal, quien encabeza la procesión portando un gran crucifijo de madera, un cirio o una antorcha. En su otra mano soporta el peso de un caldero de agua bendita.
Según la creencia popular, la Santa Compaña la conforman las almas de aquellas personas que, en vida, hicieron alguna promesa y no la cumplieron; por ello vagan indefinidamente, y seguirán haciéndolo hasta encontrar a una persona que cumpla por ellos dicha promesa. La llegada de la Santa Compaña a un lugar concreto siempre suele ir precedida de un fuerte olor a moho, a humedad o a cera ardiente, por lo cual quien ande ojo avizor siempre tiene unos momentos para ponerse en guardia.  Nunca viene mal ser precavido, porque las almas en pena aparecen de súbito entre la niebla, y al caminante con quien se encuentran delante, le obligan bien a acompañarles o bien a ocupar el lugar del mortal que encabeza la procesión; habitualmente este último suele ser una persona a punto o próxima a fallecer, con lo cual si se consigue que algún incauto ocupe su lugar, dicha persona podrá regresar a su casa para así morir en paz.
Por ello, si por aquellos umbríos bosques alguien tiene el infortunio o la mala suerte de cruzarse o encontrarse con la Santa Compaña, la sabiduría popular dice que sólo puede salvarse de ser llevado por ella haciendo un círculo mágico en el suelo y metiéndose dentro de él, hasta que haya pasado el cortejo por completo. No hay que mirar a ninguno de los integrantes de la procesión, y se debe por todos los medios evitar que te toquen. Si acaso te toca a ti, es mejor que te pongas a rezar cuantas oraciones sepas. Si llevas encima alguno de estos elementos: un escapulario, una Biblia, la estampita de un santo, una ristra de ajos o un crucifijo, la Hoste (así se la denomina también en Galicia) sabrá que eres un buen cristiano y temeroso de Dios, pasará de largo y te dejará en paz.
Expertos en folklore, al bucear en los orígenes de esta singular leyenda, opinan que la creencia en la misma tiene sus inicios en el pasado celta de Galicia y, en concreto, en los ritos que celebraban los antiguos druidas. Los sumos sacerdotes de los celtas desarrollaban sus rituales en los bosques y vestían con túnicas blancas. Además, los calderos o marmitas eran los recipientes que utilizaban para elaborar sus fórmulas mágicas. Los druidas solían ir en procesión hasta un claro del bosque donde llevaban a cabo sus ceremonias mágicas. Estas costumbres y rituales paganos se mezclaron después con la tradición cristiana y dieron lugar a esta leyenda, alimentada por la picaresca de los contrabandistas, quienes, aprovechando la superstición popular y disfrazados con sábanas blancas, podían cruzar los bosques y los campos sin ser molestados por nadie. De hecho, las ‘apariciones’ solían darse, en zonas poco pobladas, en rutas inhóspitas y a altas horas de la noche.

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